Dibujo de COVADONGA LÓPEZ CANALES

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

lunes, 15 de mayo de 2017

Poesía Norteamericana (86): Sharon Olds: La célula de oro (1):








SOLSTICIO DE VERANO,
CIUDAD DE NUEVA YORK

Casi al final del día más largo del año no pudo soportarlo,
subió las escaleras de hierro a través de la azotea del edificio
y sobre la mullida superficie alquitranada
del borde colocó una pierna en la cornisa de estaño verde
y dijo que un paso más y se habría acabado.
Luego la gran maquinaria terrestre se encendió para salvarle la vida,
los policías llegaron con trajes azul grisáceo como el cielo de una tarde  nublada,
y uno se puso un chaleco antibalas, un
caparazón negro alrededor de su propia vida,
vida del padre de sus hijos, por
si el hombre estuviera armado, y uno, colgado
de una cuerda como signo de obligación necesaria,
surgió de un agujero en la parte superior del edificio de enfrente,
como el agujero dorado que, según dicen, se encuentra en la parte superior de la cabeza,
y compezó a espiar al hombre que deseaba morir.
El policía más alto se acercó hasta él directamente,
con suavidad, muy poco a poco, hablándole, hablándole, hablándole...
mientras la pierna del hombre colgaba sobre el borde del otro muno
y la multitud se reunía en la calle, silenciosa, y la
red peluda con su implacable cuadrícula se
desplegaba junto a la acera y se estiraba
y extendía como sábanas preparadas para un parto.
Entonces todos ellos se acercaron un poco más
hacia donde él permanecía en cuclillas junto a la muerte, su camisa
refulgía un color lechoso como algo
que ha crecido en un plato por la noche en la oscuridad
de un laboratorio y después
todo se detuvo
mientras su cuerpo se sacudió
y descendió del parapeto y se dirigió hacia ellos
y lo rodearon. Pensé que iban a
golpearlo como la madre al hijo
perdido, la que grita al hijo cuando lo encuentran, lo
tomaron de los brazos y lo levantaron y
lo apoyaron en el muro de la chimenea y el
policía alto se encendió
un cigarrillo, y le ofreció, y
luego todos encendieron cigarrillos, y el
rojo
refulgente de los extremos ardía como las
hogueras pequeñas que encendimos en la noche,
al principio, en el origen del mundo.



Sharon Olds. La célula de oro. Bartleby Editores, 2017. Edición bilingüe. De la traducción: Óscar Curieses.


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