Dibujo de BEGOÑA CASÁÑEZ CLEMENTE

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Necesitáis personas como yo... Necesitáis personas como yo para señalarlas con el dedo y decir: Ese es el malo... Y eso, ¿en qué os convierte a vosotros? ¿En los buenos?... No sois buenos... Simplemente sabéis esconderos. Sabéis mentir... Yo no tengo ese problema. Yo siempre digo la verdad, incluso cuando miento:

Tony Montana
Cómo ha cambiado irremediablemente mi vida. Siempre es el último día de verano y me he quedado fuera en el frío sin una puerta para volver a entrar. A lo largo de mi vida he dejado pedazos de corazón aquí y allí y ahora apenas me queda el suficiente para seguir viviendo. Pero fuerzo una sonrisa, sabiendo que mi talento sobrepasaba con mucho mi ambición. Ya
no hay caballos blancos ni mujeres guapas en mi puerta:

Georges Jung

martes, 7 de febrero de 2017

Poesía Norteamericana (32): Carolyn Forché:




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PARA UN EXTRAÑO

Aunque acabas de mencionar Venecia
manteniéndola en la lengua como pepita de una fruta
y yo digo sí, quizás Bucarest, ninguno de los dos
sabe nada en realidad. Sólo existe este tren
deslizándose entre pastizales nevados
un trineo que alcanza
a tocar a sus sepultados pasajeros.
Nos encontramos en el andén tembloroso
mientras los dientes rotos del viento se nos clavan.
Desenvuelves tu pan negro
y compartes conmigo el café
que se te derrama entre los guantes.
Los postes de telégrafo rebanan los campos invernales
en bloques blancos, en cada ventana
la cruda pintura de una pequeña granja.
Escuchamos a las madres que regañan
a sus hijos en inglés
como si no entendiéramos ni jota:
estate quieto, estate quieto.

Hay algunas pistas acerca de dónde
nos encontramos: el trigo en pacas esparcido
por todos lados como ataúdes desaparecidos.
Las lejanas, ambarinas lámparas de cocina
se han limpiado con aceite.
Por todos los cables colgantes, negros
estiran los mensajes de un lado
al otro de un país.
De pie, los hombres en todas las fronteras
nos despiden agitando la mano.

Borrando con el puño los óvalos de aliento en las ventanas
para vernos las caras, tocas el vidrio
delicadamente en cualquiera de los puntos
donde mi rostro se distingue.
Días después, me muestras
fotos de una mujer y sus hijos
que sonríen por las ventanas de tu billetera.

Cada vez que el tren baja de velocidad, un hombre
con nuestras caras en los botones dorados
de su saco pasa por los vagones
murmurando el nombre de una ciudad. Poco a poco
vamos perdiendo gente. Una y otra vez te vuelvo a encontrar
entre vagones, ofreciéndome un mendrugo de pan,
una bebida caliente, hasta que se acaban las ciudades
y me jalas y me estrechas, deslizando las manos
por entre mi abrigo, diciéndome tu nombre
una y otra vez, precipitando tu boca en la mía.
Ninguno de los dos tiene nada.
Y eso nos damos uno al otro.



Carolyn Forché.


Varios Autores. Líneas conectadas, Nueva poesía de los Estados Unidos, April Lindner Editor, 2006. Traducción de Pura López Colomé.




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