Dibujo de BEGOÑA CASÁÑEZ CLEMENTE

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Necesitáis personas como yo... Necesitáis personas como yo para señalarlas con el dedo y decir: Ese es el malo... Y eso, ¿en qué os convierte a vosotros? ¿En los buenos?... No sois buenos... Simplemente sabéis esconderos. Sabéis mentir... Yo no tengo ese problema. Yo siempre digo la verdad, incluso cuando miento:

Tony Montana
Cómo ha cambiado irremediablemente mi vida. Siempre es el último día de verano y me he quedado fuera en el frío sin una puerta para volver a entrar. A lo largo de mi vida he dejado pedazos de corazón aquí y allí y ahora apenas me queda el suficiente para seguir viviendo. Pero fuerzo una sonrisa, sabiendo que mi talento sobrepasaba con mucho mi ambición. Ya
no hay caballos blancos ni mujeres guapas en mi puerta:

Georges Jung

domingo, 28 de septiembre de 2014

Sam Shepard: Lejana Lillie:

Y termino la semana tal y como la empecé: con Sam Shepard y Lejana Lillie, sobre el juez Roy Bean y la actriz Lillie Langtry, actriz que forma parte de mi imaginario masculino desde que vi la película El juez de la horca, con, si no recuerdo mal, Ava Gardner en el papel de Lillie Langtry.






LEJANA LILLIE

   En 1890, en la zona fronteriza de Texas, el juez Roy Bean se enamoró locamente de una fotografía de la actriz inglesa Lillie Langtry, conocida mundialmente como "La Azucena de Jersey". Había pocas mujeres sobre las que uno pudiese hablar en aquel territorio despiadado, exceptuando a las pintarrajeadas señoritas que se ganaban el pan en los campamentos de los trabajadores que construían la vía férrea del Southern Pacific. La total ausencia de ley se enseñoreaba de la zona fronteriza que bordeaba el Pecos y el Río Grande, y la autoridad más cercana estaba a más de ciento cincuenta kilómetros, en Fuerte Stockton. La gente del ferrocarril y los rangers buscaban desesperadamente un árbitro que impartiese justicia, y decidieron nombrar juez de paz a un tendero del campamento de Vinegaroon. Roy Bean era un hombrecillo terco, de escasa estatura pero complexión fuerte, mirada ligeramente melancólica y barba cana. Su carácter autocrático lo hacía idóneo para el trabajo, y muy pronto su palabra se convirtió en ley inapelable al oeste del Pecos. Para reforzar su autoridad se inventó el más severo de los castigos: no condenaba a la horca, sino al exilio en un vasto erial, sin pistola, dinero ni botas, y, lo peor de todo, sin caballo.




   Roy Bean tenía como mascota a un oso negro llamado Bruno, encadenado a los escalones de su improvisada sala de tribunal, que servía también de billar, saloon y tienda. El juez Bean, que valoraba mucho la opinión de su oso, en ocasiones, después de una breve sesión en el "tribunal", le preguntaba si creía que se había hecho justicia. Bruno daba unos zarpazos a los polvorientos escalones y bufaba, el juez se volvía satisfecho, subía una calesa tirada por un caballo y se dirigía a un lugar tranquilo junto al río. Allí, a la sombra de un viejo árbol, escribía cartas a la lejana Lillie. Le enviaba noticias del salvaje Oeste. Pequeñas anécdotas sobre hombres a los que había condenado por delitos menores, como deslizar escorpiones por el escote de una prostitua, o graves, como robar caballos. Se jactaba ante ella de estar planeando organizar un campeonato mundial de boxeo en la desembocadura del Río Grande, desafiando a las autoridades de Estados Unidos y México y a los rangers. Le explicaba cómo él, Roy bean, se había convertido en Dios en su territorio y cómo veneraba su retrato y anhelaba conocerla un hermoso día de primavera. De vez en cuando hacía una pausa en la redacción de la carta y sacaba del bolsillo de su chaleco la preciada fotografía para admirar el rostro de su amada. Los ojos entrecerrados; la rotunda nariz aguileña, no muy distinta a la suya; la boca ligeramente entreabierta, como si estuviese a punto de susurrar su nombre. En una ocasión llegó a creer que había oído su voz, dirigiéndose a él. Dio tal salto de alegría que el caballo que tiraba de su carruaje se asustó y por poco perdió su adorada fotografía, que casi se llevó el viento de Texas.




Le escribió innumerables cartas, como si estuviese conversando con ella, como si ella estuviese sentada junto a él en la calesa. Jamás recibió respuesta. Le escribió que le había puesto a su sala de tribunal y saloon el nombre de la La Azucena de Jersey en su honor, pero jamás recibió respuesta. Le escribió que había colgado una reproducción del retrato que le había pintado John Millais encima de la barra y que había decorado las esquinas del marco con flores de cactus. Él mismo se había encargado de ese detalle. Le escribió que había prohibido terminantemente que nadie que llevara sombrero o revólver se acodase en la barra bajo su retrato. Jamás recibió respuesta. Finalmente, tras catorce años de pasión no correspondida, le escribió para contarle que había decidido cambiar el nombre de la ciudad y que a partir de entonces se llamaría Langtry, Texas. Con eso sí logró captar su atención. Lillie Langtry decidió hacer una pequeña pausa en la gira transcontinental que realizaba, viajando en su "vagón-palacio" privado, decorado con candelabros, alfombras persas y paneles laqueados con escenas del salvaje Oeste. La "Ruta del Ocaso" del Southern Pacific ya estaba acabada y la vía férrea iba desde Nueva Orleans hasta las doradas playas de San Francisco. Lillie bajó de su vagón y cuando los tacones de sus zapatos de satén se clavaron en las polvorientas calles de Langtry recibió la noticia de que el buen juez había fallecido hacía un mes. Sin embargo, su sucesor quiso obsequiarla con el mazo y el rifle de Roy Bean. Ella aceptó ambos regalos y continuó su camino.



Sam Shepard en Cruzando el paraíso (Editorial Anagrama, 1997).

Traducción de Mauricio Bach.







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